sacarino

Tendría yo diez años cuando Nocilla intentó competir con Colacao y Nesquic. Nocilla Instant no hacía grumos ni en leche fría. La panadera advirtió a mi madre de que cada bote traía un animal tipo Dunkin, a ver si me lo tragaba. Abrí el precinto con ansia, metí la cucharilla y saqué un Carpantas. Animales de tebeo, serán, pensé. Con delirio infantil la metí otra vez, por si acaso. Desenterré a Zipi y Zape, a sus padres y a las Hermanas Gilda. El último en salir fue el Botones Sacarino. La semana anterior me había salido un caramelo con forma de mora en una tarrina de crema Zahor, lo que significaba un balón de regalo. Pensé que era la niña más afortunada de la tierra y no quise poner en riesgo mi recién adquirida distinción, así que dije a mi madre que volviera al Nesquic. Siempre me gustaron los grumos.

malagueño de adopción (y algo tímido)

"El burro es el más noble de los animales. Trabajador silencioso y de bella estampa, es ejemplo para todos nosotros. Es injusto asociar su nombre con la estulticia y la testarudez. El burrito de Málaga es una escultura entrañable como entrañables son todas las gentes de tan luminosa tierra, donde tan bien lo he pasado y tan bien me han acogido." Muy bien, luminoso poeta, como luminosa la grupa de Platero. Luminosa por desgaste, desgastada de tanto niño tantos años. Pero dime, tímido poeta, ¿¡por qué no te subiste!?

burritos del mundo, ¡uníos!

La niña Gadea con su hermano, en un burrito o su espíritu. Un burrito que parece trazado a mano alzada, etéreo, fascinante y... con ¡volante! Viva la modernidad. Que vayan aprendiendo los burros-taxi de Mijas.

quien prueba repite

De nuevo Cristina-Mariona, cada vez con más arte y confianza. Cuidando la pose.

amazonas semos y en el burrito nos encontraremos

Y aquí tenemos a Estela, claro.

metafísica estás, ¿es que no comes?

Espero saber explicar la conclusión metafísica (¿?) a la que he llegado. Mi familia no es de aquí. Por esto, durante mi infancia, Málaga fue una ciudad dura para mí porque había muchas cosas que no compartía con mis amigos del cole: las tradiciones, el habla. Además, los veranos nos íbamos a visitar a la familia de Sevilla y Vigo, por lo que no podía establecer lazos ni con la ciudad ni con mis compis. A eso hay que unir que mi madre fue emigrante, como buena gallega, concretamente, vivió en Londres durante años. Te cuento esto porque vivíamos en una casa con moqueta y con todas las habitaciones cubiertas con papel pintado. Por lo que era una casa casi británica en el pleno centro de Málaga. Esto ayudaba a incrementar mi fama de marciana tras la visita de los amiguitos del cole. Sin embargo, recuerdo el día que fuimos a hacerme la foto en el burrito del parque. Al día siguiente, lo conté en el recreo y por fin encontré un lugar común con mis amigos. Es un gran símbolo de la infancia. Y sobra decir que siempre me recuerda a mi padre que, a pesar de que ya hace algunos años que falleció, lo sigo necesitando como el primer día. Estoy segura de que esta sensación también es compartida por mi hermana. Ella se llama Estrella, pero la llamamos Estela. Y a mí, en casa, me llaman Mariona.

susi, la valiente amazona

Cuando no hay burrito a mano, cada uno se sube donde puede. ¿Verdad, Susi? "Cuando vivía en Málaga vino el Circo de los payasos de la tele y fuimos. Subieron a los niños en elefantes. Eran pestosos y con los pelos durísimos, pero me encantaba esa foto, la llevaba al colegio para presumir: Mirad, mirad, yo me he subido a un elefante y vosotros no. Jajaja."

ya tenía que ser burro el niño

Nací en Córdoba de unos padres huelvanos (riotinteños a más señas) que vivieron allí un tiempo hasta que a mi papá lo destinaron a Málaga. Vine a Málaga con poco más de tres años. Rebuscando en los álbumes he encontrado la razón por la que no tengo fotos con el burrito. Porque era muy malo. Era tan malo que mi madre me encerraba en la rejilla del brasero. Y si seguía dando guera, incluso lo encendía. Con lo cual se infieren dos conclusiones: 1) No soy malagueño o (lo cual yo prefiero) pertenezco a esa raza especial de malagueños tristes sin fotos en el burro. 2) Era un llorica.

de trapo

Si, como dicen "hay otros mundos, pero están en este", hay otros burros y están en este blog.

alone

Que nadie diga que exageramos o inventamos. Las cosas están ahí y las contamos como son, yo tampoco invento cuando escribo. Creo que la foto del padre de Itziar merece estar aquí. Seguro que el burrito también la echa de menos. Lo que me pregunto mirando esta foto es, ¿Itziar, tu padre madruga mucho, no? Es la primera vez en 46 años que veo a ese burro solo.

¡el burro es mío!

Agosto del año 1977. En primer plano, aferrada a las riendas de un burrito sin riendas estoy yo, exultante de felicidad, se nota. En ese momento sé que acabo de descubrir el tesoro. Recuerdo el tacto, la temperatura. A pesar de la solanera, el burrito del parque nunca arde, tampoco está frío; acaricia los muslos con la temperatura exacta y una fiereza incompatible con la inocencia de esos días. En segundo término: mi hermana. Más discreta, más mayor, dejándome ser protagonista ante la cámara que inmortaliza el momento, mi momento. No me costó nada sentir que el burrito del parque era mío. Tal vez por eso no podía aceptar que cuando nos fuimos aquel verano de la cálida Málaga al frío del norte, no nos lo lleváramos con nosotros. Lloré hasta reventar durante más de mil kilómetros. Sin consuelo y al grito de "¡¡¡el burro es mío!!!". Yo diría, y no exagero, que fue la primera vez que tomé conciencia de la muerte; porque ser desposeída de algo que crees tan tuyo es lo mismo que morir. Volvimos cada verano a la cita y el reencuentro era tan hermoso que se me saltaban las lágrimas. Hasta que un verano, de golpe, algo cambió. Subí en el burrito y los pies me llegaban al suelo; en la foto que mi padre me sacó ya no quedaba rastro de la inocencia de entonces y, mucho menos, de aquella felicidad. Aquel día tenía prisa por bajar y cuando lo hice supe que ya no volvería a montar en él. El dolor, aunque más contenido, fue infinitamente más intenso que el de aquel verano del 77 cuando me arrancaron de los lomos del burrito. No hemos vuelto a vernos. Muchos años después mis padres regresaron y les pedí que lo fotografiaran. Mi madre lo hizo. En la foto está el parque vacío y el burro solo, con un charco de agua estancada entre sus patas. Da la sensación de que el burrito está mirando ese charco. Y es que puede que la infancia de todos los niños que lo montamos alguna vez haya ido a parar a ese charco. Debe de haber un mundo en él de sueños que no se entienden con la realidad o tal vez ese charco sea un pasadizo secreto que lleva a la isla de nunca jamás y la niña que fui sigue ahí, peleando con espadas de madera y mirando con incredulidad la mujer que soy o que creo ser.

carlos era rubio

La sorpresa no ha sido que Carlos me envíe esta foto, sabiendo que no es amigo de guardar recuerdos porque supongo que Susi le ha hecho rebuscar (o ha rebuscado ella misma) en el álbum de fotos de su madre. La sorpresa tampoco ha sido que se moleste en hacerle una foto a la foto, o la escanee, la reduzca y me la adjunte en un mail. Todo eso no me ha sorprendido lo más mínimo porque la amabilidad de Carlos la disfruto desde hace años. La sorpresa, la enorme sorpresa, para mí ha sido comprobar que, ¡Carlos era rubio!

platero y ellos

Mi amigo MarioV, amable como él solo (en este caso acompañado), me envía esta foto. Prueba fehaciente de que debo replantearme mi propia teoría de que los niños que no se suben al burro de pequeños, salen raros. Algunos que se suben también. Afotunadamente.

"Los tres hermanos Montañez, dos de ellos vestidos como falsos gemelos, posan un domingo de verano, o puede que primavera, de mediados de los setenta del que ahora llamamos con cierta arrogancia "pasado siglo". La hora, delatada por el reloj cúbico y torcido del fondo, es las 12 y cuarto. Sandra, nacida en 1972, es la primera en montar. Con la mano izquierda, se aferra a la crin, ya entonces dorada por las manos de otros niños. Es la única que parece tomarse al burrito como lo que es, sonriente, segura y divertida. Tal vez le ayude saberse agarrada por el hermano mayor, Antonio José, que la sostiene mientras muestra la calma de un jinete experto, un monarca habituado a retratos ecuestres. A él también recurre, con la cara de pánico que pondría un mal actor, Mario (habrán de pasar años para que asumiera Virgilio como segundo nombre). Arqueado el cuerpo, como si rehuyera el contacto fraterno, pero a la vez apretando el pecho de Antonio, Mario Virgilio Montañez parece intuir que está a punto de quedar apeado del burro, de ser puesto a caer de un burro de bronce. Tal vez camino de Damasco."

teoría

Tengo una teoría: los niños malagueños que no se hacen foto en el burrito del parque, de mayores son tíos mu raros. El poeta malagueño Andrés Gómez Miranda no tiene foto en el burrito del parque (ahora comprenden muchas cosas, ¿verdad?). Así que el otro día subí a su hijo, mi sobrino Darío, para evitarle de mayor disgustos innecesarios. Bienvenido.

la otra cleo

Nunca, ni de niña, le vi la gracia a los patitos de goma (ni a los patos en general; bueno, quizá, sólo al pato Saturnino de la tele). La cuestión es que en los 60 yo me bañaba con Cleo la pez de Gepetto, el padre de Pinocho. Y en los 2000, también (bueno desde lo del cambio climático Cleo suele mirarme, desde secano, mientras me ducho).

figuritas

Después vinieron las figuras de animales y personajes de dibujos animados. Juraría que después aparecieron las figuritas Disney, pero hay quien asegura que ésas venían en los golletes de las Coca-cola de un litro. Coleccioné figuritas hasta 5ºEGB. Las repetidas las cambiaba con una niña más pequeña. Recuerdo que una vez me dio un Pluto color blanco. Yo tenía los ojos acostumbrados al amarillo, verde y morado. Aquel perro blanco me causó placer y repugnancia a partes iguales. Acabé dándoselo a mi hermana. Mi hermana aún echa de menos su Blancanieves amarilla. Yo a un sobrino de Mickey. Conservo muy pocos. Hace dos años encontré por la calle una tortuga Dunkin y sentí pena y alegría también a partes iguales. Pena por quien la hubiera perdido, alegría porque fue a caer en buenas manos. Siempre he pensado que nada se pierde, que todo va cambiando de dueño, que siempre habrá alguien como yo que cuide de esos fetiches. Se lo digo siempre a mi hermana: Seguro que tu Blancanieves está a salvo en cualquier caja de zapatos.

dunkin

Los chicles Dunkin no sabían de caries sabían de regalos. Nunca me ha gustado mascar cosas dulces, pero siempre me han gustado las cosas que caben en un puño. Al principio regalaban pósters de plástico de Tiro Loco, Cano y Canito, y personajes de Hanna-Barbera (que no era una señora, como dijo Dr. Alce en "La hora chanante", sino que eran dos tipos de pelo en pecho). Después vinieron las camisetas de fútbol. Las camisetas no eran más que una bolsa de plástico con el fondo abierto. Mi madre pidió una del Betis. Carrasquilla me dio a elegir: ¿Madrid o Barça? Y por ese motivo, tan irracional como otro cualquiera, fui del Barça durante años. Conservo un chicle Dunkin. Me lo dio el kiosquero más maravilloso que he conocido. La historia completa en: www.bkbono.com/puertollano.htm

piki y nuria

Virgilio daba palmas, mientras conducía, para asustar a mi madre. Susy hacía deliciosos roscos de aceite. Los dos pintaban. Su casa tenía armarios oscuros donde me gustaba esconderme. El nombre de su calle me resultaba de lo más misterioso: Carril del ciprés. Piki sólo tendría tres años más que yo, pero era capaz de transformar mi bola gris de plastilina en figuras increíbles. Nuria tenía los ojos azules más grandes que he visto en mi vida, y confundía los limones con aceitunas. Una vez nos colamos en un privado de un bar que se llamaba "Margarito". A Piki lo vi por última vez en mi cuarto (tendría yo nueve años) y me dejó sobre la mesa una cabeza de caballo, en plastilina amarilla, con las crines azules. A Nuria me la encontré en una tienda (tendríamos quince años). Dijo que su color favorito era el fucsia.

leche colema

Hasta que se inventó el tetrabrick (el auténtico tetrabrick era el de la leche Ram, que venía en perfectos tetraedros imposibles de apilar) la leche venía en bolsas y había que consumirla en el día. En Carrasquilla, donde compraba mi madre, todas las mañanas había una caja llena de bolsas de leche fresca. La tienda entera olía a leche. Mi padre hizo un cartel para anunciar leche Colema. Me subió a la mesa del comedor, me dio un vaso enorme de leche y me hizo fotos. Después dibujó una vaca azul. Y eso que dice que no le gustan los expresionistas alemanes. Tardé años en darme cuenta de que Colema significaba Cooperativa Lechera Malagueña. Siempre he sido lenta yo.

regalos

En los 60 los regalos estaban de moda. Incluso productos tan poco infantiles como Omo, Ariel y la Quina San Clemente, regalaban muñecos. El caballero blanco de Omo, La pantera rosa desarmable de Ariel, Quinito vestido de tuno. Mis preferidas eran aquellas figuras de plástico, planas y acolchadas, que traía el Flan Royal. Sólo recuerdo dos tipos: los enanos de Blancanieves y Los picapiedra. Conservé a Dino durante años. Después vino a sustituirlo el burrito blanco de las Sábanas Burrito Blanco. El burrito precioso, todavía duerme conmigo, pero, ¿no es un nombre muy raro para llamarle a unas sábanas? Quizá la primera opción de la marca fue ponerles Sábanas Platero (por aquello de que su 50% acrílico era tan suave que parecía puro algodón), pero los descendientes de JRJ no estuvieron muy de acuerdo. Se ve que los regalos estaban de moda, pero todavía no el merchandising.